Me propongo morir
lentamente en tus brazos,
que mi último aliento
entre por tu boca
y te calle para siempre,
que al pasar por tus alas
y te calle para siempre,
que al pasar por tus alas
te hiele el alma.
Después cogeré mi espíritu
y volveré de nuevo a mi cuerpo,
para morir
otra vez
frente a tus ojos llorosos
sobre la tristeza pálida.
Así estaré hasta que no haya Dios,
tan largo es esto,
que como no lo hay,
estaré siempre.
Frente a ella un cuerpo inerte
que respira de nuevo,
una manera de anochecer
para buscar luz
donde solo hay tinieblas.
Debería matarme,
lo sé,
pero no lo entiendo.
A todos aquellos que piensan,
que están convencidos
de que soy un hijo de puta
y un cabrón,
os dedico mi vida.
Antes no me gustaba esto
pero me estoy empezando a acostumbrar.
Empezar a tener miedo,
porque ni siquiera
el amor
puede pararme ahora.
. .




